las putas cosas pequeñitas

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no podía parar de partirme el culo, y tú te reíste, de mí, conmigo, me la suda, te reíste y en eso consiste todo, en ser felices, da igual dónde, en el metro de Londres acabando la noche, solo dame un minuto.


Mi jefe era un gilipollas de los grandes, de los GRANDES, y yo que soy medio gilipollas le aguantaba todas las tonterías, al fin y al cabo era cuestión de supervivencia y Santi me estaba esperando en casa para enganchárnosla como cualquier noche inglesa de dos españoles pringaos.


Mi jefe era un gilipollas de puta madre, pero esa noche fue distinta, cuando salimos del trabajo él me dijo a ver si quería salir a tomar algo, yo le dije que si, y fue increíble.


Era un pringao, como Santi, como yo, éramos dos pringaos de puta madre, me di cuenta de que a pesar de ser un gilipollas de puertas hacia dentro, fuera de la tienda era otro pringao como yo, era un tío normal y corriente, con sus parejas, con sus movidas, con sus alegrías... esa noche me di cuenta de que hasta el más jefe es persona, y eso me hacía feliz, tan feliz y tan jodidamente borracho que no podía para de sonreír y tú me miraste, vestido de broker inglés, no tan Hollywood como los de Wall Street, pero mucho más elegante. Que mirada joder, nos miramos y nos partimos el culo mutuamente. Tú y yo éramos los protagonistas, parecíamos dos colegas hasta el culo de tripis metidos en un vagón de metro llevándonos a no sé dónde.


Y por un momento, me dio igual lo que pensaran los que estaban a nuestro alrededor, las 30 o 40 personas que iban metidas en ese vagón, volviendo a casa amargados por no sé qué.

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